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Tiempo, bendito tiempo




Hoy, el tiempo, ese recurso escaso, parece más escaso a pesar de las fantásticas herramientas digitales que pueden ahorrarnos tanto trabajo. ¿Por qué se nos hace difícil la gestión de nuestra agenda?


Nuestra sociedad lleva un par de siglos adoptando los horarios laborales de 40 o más horas semanales. Al inicio, cuando nuestra sociedad occidental daba los primeros pasos en la primera revolución industrial, los horarios de trabajo estaban relacionados con las capacidades manuales de los obreros. La relación entre cantidad de tiempo y cantidad de trabajo tenía una lógica: productividad / hora hombre. El trabajo manual se podía “medir” por la cantidad de producto por hora.


Con el advenimiento de la cuarta revolución industrial, esa relación queda limitada. Ya no predominan las capacidades manuales en el trabajo, sino las capacidades intelectuales. La gran pregunta es: ¿se puede medir el trabajo intelectual de la misma manera en la que se mide el trabajo manual? ¿Se puede pedir a un trabajador que genere una buena idea en una hora, dos horas, ocho horas? Evidentemente, no. Por lo que el paradigma tradicional queda limitado a actividades de orden manual.


El síndrome de la agenda llena, es uno de los vestigios de ese viejo paradigma. Ejecutivos que no tienen tiempo para otra cosa que no sea su trabajo. Esto no necesariamente es sinónimo de productividad, parafraseando a la invitada de nuestro último Podcast, María Jesús Giménez: Pensamos la productividad, en términos mercantiles. Recuerde las ocasiones que ha logrado resolver algún problema, crear alguna idea nueva, resolver algún planteamiento estratégico, no siempre ha sido en horario laboral, a veces un paseo en la playa es un escenario propicio para la creación.


Se nos hace difícil salir de ese paradigma, en alguna parte de nuestro subconsciente pensamos en términos de productividad / hora hombre, incluso nos sentimos culpables cuando ocupamos nuestro tiempo en algo que según ese criterio, no es productivo. Por eso nos cargamos de actividades que muchas veces no agregan nada o actividades que bien pueden ser realizadas por otros o por la tecnología, lo hacemos porque al dejarlas algo nos dice que “estamos dejando de hacer cosas productivas”.


Claro, esto no significa romper con el esquema laboral totalmente, pero si aprender a ser más flexibles, aprender a delegar y sobre todo valorar nuestro tiempo como lo que realmente es: vida.


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